Estigma social en el suicidio

“Ninguna vida está cerrada mientras alguien la recuerda”

Suicidio, palabra tabú

Nuestra sociedad se siente incómoda hablando de la muerte, trata de esconderla, de disimularla, y en el suicidio, a menudo, silenciarla. La muerte con frecuencia es un tema tabú. El instinto más fuerte en los seres humanos es el de supervivencia y el suicida va en contra él. Por ello se le estigmatiza.

El estigma del suicidio es tan poderoso porque cuando una persona se suicida rompe, en cierta manera, con una regla no escrita de que “no eres libre de dejar la sociedad cuando tú quieres”. El suicida rompe esta regla. Los supervivientes, con frecuencia, puede que nos sintamos culpables de nuestro fracaso de no haberle salvado.

Los supervivientes nos sentimos, a menudo, objeto del dedo acusatorio después de un suicidio. Por ello se rodea el suicidio de un halo de silencio. No se sienten ganas de hablar de ello y se percibe que los demás tampoco quieren que se les hable sobre lo que ha sucedido.

Sin embargo, es necesario hablar.

Es nuestra voluntad romper el silencio que envuelve la muerte por suicidio para ayudar a dignificar el sufrimiento emocional y el dolor tan intenso de la persona fallecida. Para reconocer desde la comprensión, nuestro dolor, sin juicios ni valoraciones gratuitas que no nos ayuden en nuestro proceso para superar la pérdida.

La actitud más natural es hablar primero con la propia familia, o con aquellas personas con las que nos sentimos más cercanos. En algunos casos, el propio suicidio puede aflorar o incrementar tensiones existentes en la familia o conflictos anteriores, lo que dificulta esa comunicación tan necesaria. Se crean situaciones complejas donde cada uno, con su silencio, busca de alguna manera protegerse de uno mismo y de los demás.

Se puede buscar la compañía para hablar con un amigo de confianza, alguien que pensemos que pueda escucharnos con interés y delicadeza, sin juzgarnos ni a nosotros por lo que decimos y sentimos, ni tampoco a la persona fallecida.
Hablar con un médico de confianza, quién puede orientarnos a algún especialista, si es necesario. También podemos hablar con un sacerdote o guía espiritual que nos ayude de acuerdo a nuestras creencias personales.


Existen también asociaciones que se dedican a escuchar, acoger y acompañar en su duelo a personas que sufren la pérdida de un ser querido.